La vacuna Sputnik V, anunciada por el gobierno ruso como la primera vacuna del mundo contra la COVID-19, aún no prueba su efectividad en ensayos clínicos de Fase 3 como se establece en los procedimientos científicos para el desarrollo de vacunas y tampoco proporciona evidencia científica de su efectividad, sin embargo, ya se comercializa en el que será un mercado muy disputado.
La funesta cifra oficial de fallecimientos por COVID-19 en parte se debe a la desastrosa respuesta del gobierno federal que ha ignorado los conocimientos epidemiológicos y las recomendaciones de la OMS; nunca implementó controles sanitarios; ha desestimado el uso de pruebas de diagnóstico para mitigar la dispersión del coronavirus e ignora la información científica sobre el uso del cubrebocas.
Un análisis de la historia evolutiva del nuevo coronavirus identifica al SARS-CoV-2 como descendiente directo del virus RaTG13, que ha estado circulando entre los murciélagos desde hace más de 70 años; el estudio señala al patógeno como el más probable origen filogenético de la pandemia y afirma que saltó directamente desde los pequeños mamíferos voladores al ser humano.
El medicamento ruso avifavir –un genérico del japonés favipiravir usado contra la influeza– no ha sido avalado para combatir la COVID-19 por la Organización Mundial de la Salud ni por científicos, sin embargo, la empresa paraestatal rusa RDIF la está ofreciendo a los países de America Latina como “uno de los dos medicamentos COVID-19 registrados en el mundo”.
Se han llevado a cabo investigaciones para analizar el efecto de las cloroquinas y sus derivados con resultados contradictorios, pero desde que Donald Trump, sin bases científicas, admitió que se automedica hidroxicloroquina y ha promovido su autoconsumo como una “cura milagrosa” contra COVID-19, estos compuestos, que se usan contra el paludismo, se encuentran en la palestra médica internacional.
La empresa desarrolladora del medicamento remdesivir, uno de los antivirales más prometedores contra la pandemia, anunció que el costo de su tratamiento será de 53 pesos por paciente, pero a los países pobre hará un descuento. Quizá a México se lo venda en 25 mil pesos por paciente. El precio es elevado. Es el costo de la dependencia científica para un país como el nuestro.