Aunque durante mucho tiempo se pensó que la vida tranquila y sin preocupaciones de los perros había reducido el tamaño de sus cerebros respecto al de los lobos, un grupo de científicos descubrió que no solo interviene la domesticación, sino también otros factores ecológicos y evolutivos, como la adaptación a diferentes entornos, la dieta y el estilo de vida.
A diferencia del ser humano –que evolucionó mediante lo que Charles Darwin definió como “selección natural”¬ a través de la adaptación al medio ambiente–, los perros son el producto de la “selección humana”. Así, las particularidades de cada linaje o raza les permitieron desarrollar habilidades naturales y comportamientos distintivos como el pastoreo, la caza o la vigilancia.
Luego del análisis del genoma de más de 2 mil perros de diversas razas y mestizos, un equipo de científicos descubrió que la relación entre la raza y el temperamento característico de su función ancestral (caza, protección o pastoreo), prácticamente no existe en los perros actuales y que no hay factor genético exclusivo del comportamiento o personalidad de ninguna raza.
Los cerebros de los perros pueden distinguir los idiomas y tienen capacidad para detectar el habla. En distintas regiones de su corteza cerebral perciben el sonido general de la estructura acústica del habla de cada idioma. Es posible que hayan ocurrido cambios cerebrales en ellos por convivir con los humanos durante decenas de miles de años y esto los hizo mejores oyentes del lenguaje.
Las razas de perros modernos adaptadas a las inhóspitas condiciones del Ártico, como el perro de trineo de Groenlandia, Alaskan Malamute y Husky, que tuvieron un papel clave para la supervivencia humana, comparten antiguas raíces siberianas y representan un linaje genético distinto que probablemente surgió a finales de la última edad de hielo, hace casi 10 mil años.
Se sabe que el hombre puede infectar de SARS-CoV-2 a otros animales como los gatos y hurones, pero de acuerdo con un estudio publicado en la revista Nature de esta semana, los perros también pueden ser contagiados por los humanos enfermos por COVID-19; aunque no desarrollan síntomas de la enfermedad los caninos son receptores del nuevo coronavirus.