Permitirá comprender la intrincada relación entre factores ambientales y la regulación de los genes, arrojando luz sobre cómo los perros responden y se adaptan a su entorno. En la larga relación simbiótica canino-humano, de entre 40 mil y 140 mil años, los perros son como centinelas epigenéticos que reaccionan rápidamente a los factores de riesgo ambientales y alertan de peligros potenciales.
A diferencia del ser humano –que evolucionó mediante lo que Charles Darwin definió como “selección natural”¬ a través de la adaptación al medio ambiente–, los perros son el producto de la “selección humana”. Así, las particularidades de cada linaje o raza les permitieron desarrollar habilidades naturales y comportamientos distintivos como el pastoreo, la caza o la vigilancia.
Luego del análisis del genoma de más de 2 mil perros de diversas razas y mestizos, un equipo de científicos descubrió que la relación entre la raza y el temperamento característico de su función ancestral (caza, protección o pastoreo), prácticamente no existe en los perros actuales y que no hay factor genético exclusivo del comportamiento o personalidad de ninguna raza.
Las razas de perros modernos adaptadas a las inhóspitas condiciones del Ártico, como el perro de trineo de Groenlandia, Alaskan Malamute y Husky, que tuvieron un papel clave para la supervivencia humana, comparten antiguas raíces siberianas y representan un linaje genético distinto que probablemente surgió a finales de la última edad de hielo, hace casi 10 mil años.