La viruela símica fue declarada como una emergencia sanitaria mundial por la OMS; hasta ahora afecta a más de 16 mil personas –55 en México– de 75 países y ha cobrado la vida de 5 de ellas. Hasta ahora no hay evidencia de transmisión sexual; se puede contagiar a través de gotículas o contacto con secreciones de enfermos, o con objetos contaminados con fluidos o saliva contaminadas.
La variante del SARS-CoV-2 llamada B.1.1.529, mejor conocida como ómicron, comprende cuatro linajes o subvariantes: B.1.1.529, BA.1, BA.2 y BA.3. La “sigilosa” es BA.2, y se está extendiendo rápidamente por varios países como Alemania, Dinamarca, Estados Unidos, India y Reino Unido. Aún no se conocen todas sus características, pero se propaga con mayor eficiencia, aunque no es más peligrosa.
Desde el inicio de la pandemia las cifras de muertes y contagios por COVID-19 de la Secretaría de Salud han estado muy por debajo de las propias cifras del gobierno federal y lo mismo ha ocurrido en la India, donde se calcula que han fallecido 3 millones y medio de personas por el coronavirus. Estos datos subestimados son los que usa la OMS para rastrear el impacto del SARS-CoV-2.
El presidente estadounidense pidió a las agencias de inteligencia de su gobierno recopilar información en 90 días, para comprender los orígenes de la pandemia. La OMS entregó un informe sobre el inicio del brote de coronavirus en marzo pasado, pero evidencia estadounidense señala la posible liberación accidental del SARS-CoV-2 de un laboratorio del Instituto de Virología de Wuhan, China.
Un equipo de científicos de la Universidad de California en San Diego, reportó en la revista Science que los primeros casos de SARS-CoV-2 en Wuhan, China, pudieron haber ocurrido dos meses antes y en un lugar distinto al mercado de mariscos de Huanan. Asimismo, cuando se alertó al mundo en diciembre de ese año, el virus ya se había establecido y circulaba ampliamente en esa ciudad.
Como parte del ensayo global Solidaridad (Solidarity) para encontrar terapias contra la pandemia de COVID-19, la Organización Mundial de la Salud está probando la efectividad y seguridad de algunos de los medicamentos antivirales que ya existen entre los que destaca el remdesivir, desarrollado originalmente contra la hepatitis C, pero que ha sido exitoso contra el Ébola.